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Por: Gustavo Moya

columnista invitado

Sin duda esta pandemia provocada por el microscópico virus llamado Covid-19 ha abierto un largo paréntesis —seis meses ya—en las actividades tanto económicas, deportivas, sociales, religiosas, culturales, educativas, industriales, que tiene a los diferentes gremios al borde del colapso. Muchos ya han colapsado, y nadie ha acudido en su auxilio o ayuda para rehacer sus negocios. En igual situación están algunas iglesias que se afilian a la llamada Confraternidad Evangélica de Honduras, y las que no están afiliadas.

La diferencia radica en que las iglesias son organismos sin fines de lucro, —aunque dudo que todas— de tal manera que, aunque prestan un servicio, este servicio es algo subjetivo, no tangible. Resulta que los dirigentes de esta Confraternidad están o tuvieron la intención de solicitar un bono de ayuda para todos los pastores que ya pasen de la Tercera Edad, según palabras del pastor Oswaldo Canales, presidente de la Confraternidad.

Tal gestión ha generado un cúmulo de opiniones y reacciones, cual más variadas y virulentas. A tal grado que las Iglesias de Dios, en un comunicado, renuncian a recibir el hasta ahora supuesto bono, dejando en libertad a quien lo quiera recibir a título personal —¿Y de qué otra forma si no es personal? Partiendo del hecho que el Estado de Honduras es laico según nuestra Constitución; este estipendio sería completamente inconstitucional y sujeto a reparo, bien por el Tribunal Superior de Cuentas, y quizá por Consejo Nacional Anticorrupción.

Entiendo y comprendo la labor espiritual tanto de los pastores y de la iglesia como congregación, —no como templo— pues yo mismo asisto en una iglesia evangélica desde hace más de treinta años, y somos nosotros como congregación o cuerpo de Cristo los que tenemos una asignación moral de mantener a nuestro pastor, sin ayudas externas que contaminen o comprometan el mensaje puro del Evangelio. Dice un refrán popular: “Quien paga los músicos, pide la música”.

Esta unión de Iglesia y Estado no es algo nuevo, data del siglo IV d.c. y siempre la Iglesia ha salido perdiendo, —en la pureza del mensaje— no económicamente, sino en callar, en permitir, hasta ser cómplice con muchos emperadores romanos en barbarie y atrocidades cometidas. Toda esa permisividad resultó en que hoy la Iglesia Católica —por su nombre— es la terrateniente privada más grande en el mundo. Y aunque ahora no hay emperadores, parece que no ha renunciado a su maridaje con el estado; tal es así que, en la mayoría de los pueblos y ciudades de nuestro país, las municipalidades le mandan a pintar y alumbrar sus templos, dilapidando fondos públicos, suyos y míos, que “no tenemos vela en el entierro” como reza el refrán.

Esta relación de Iglesia Católica-Estado ha despertado el celo religioso y el protagonismo —tales estrellas de rock—de estos líderes evangélicos, de tal forma que tratan de rivalizar con el cuestionado Cardenal Rodríguez, jerarca máximo del catolicismo romano en Honduras, y muy consecuente con los favores —económicos, sobre todo— que el Estado ha concedido a la Iglesia en su larga carrera eclesiástica. Sin duda creo que allí está el meollo del asunto.  

Retomando el tema de los pastores y el bono, es oportuno mencionar que, en el Nuevo Testamento, y en el nacimiento de la iglesia cristiana del primer siglo cada pastor dependía de su congregación local, ¿Por qué ahora tiene que ser distinto? 

A manera de ejemplo voy a decir lo siguiente: Solo cuando en Jerusalén hubo una gran hambruna, los hermanos de otras comunidades e iglesias lejanas, enviaron ayuda a los hermanos de Judea, acción que se registra en el libro de Los Hechos de los Apóstoles capítulo 11:27-30. Aunque estaban bajo el gobierno del Imperio Romano no acudieron a el por ayuda. Mantuvieron la pureza de la nueva fe. Sin temor a equivocarme, si el presente gobierno a través de su gobernante —que aparenta ser evangélico cuando le conviene— entrega o concede ese bono a la tal Confraternidad, el gobierno no estará perdiendo nada, pero sí la comunidad evangélica tendrá quizá un rechazo público —que ya es patente—  y una crisis interna que menoscabará su crédito moral, de tal suerte que el mensaje de la Palabra de Dios dirigido a los nuevos prosélitos estará manchado “por unos dólares más” parangonando el título de una vieja película vaquera.

Quizá mi posición parezca poco piadosa, siendo también un hermano en la misma fe, lo que trato es de ser es equitativo y justo. No puede el gobierno con dinero que es del pueblo, favorecer a una minoría por el hecho de ser de la Tercera Edad —yo también soy— y que además tiene de dónde echar mano como ser su respectiva congregación religiosa.

Da pena ver como esos dos pastores Canales y Solórzano se han pegado a la ubre estatal; bueno ellos tendrán que dar cuenta a Dios, mientras que disfruten de las mieles del poder y la vanagloria, según dice la Palabra en 2ª Corintios 5:10 “Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo.” (NBL) Y esto no sólo es para los pastores mencionados, vale para todo aquel que se precie de ser cristiano. Sólo espero que tanto mis hermanos evangélicos, y sobre todo mis hermanos católicos no se sientan ofendidos, pero la historia está allí, y ella es la que registra los hechos a los cuales me he referido. Sin mas les deseo bendiciones.!!

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