Saltear al contenido principal

Muestran en un curioso experimento que la obsesión de los recién nacidos humanos por las caras también la tienen las crías de tortuga. El experimento desmonta la hipótesis de que esta facultad sirva a los bebés para buscar a sus padres

Al comienzo de la vida, los bebés humanos, las crías de primate y también los pollos recién nacidos, según se mostró en distintos experimentos, muestran una enorme preferencia por los rostros, pero no solo por los rostros de sus progenitores, sino también por todo aquello que parece un rostro.

Bastan tres manchas dispuestas como un triángulo invertido para que un bebé humano vea en ello una cara familiar.

Es algo que también ocurre cuando somos adultos. Esa curiosa habilidad, cuando somos adultos, sirve poco más allá que para que veamos rostros en nubes, rocas, e incluso en la tostada del desayuno. El fenómeno de ver caras allí donde miremos recibe el nombre de pareidolia, y también se ha estudiado, y confirmado, en algunos grupos de primates y en pollos recién nacidos.

El Indio dormido, que se ve en las Montañas Rocosas de Colorado es una de las pareidolias más famosas del mundo

Sin embargo, en los bebés esta capacidad podría tener un uso fundamental. La explicación que se ha dado a este fenómeno es que los bebés necesitan saber que lo que tienen en frente es un padre/madre, porque necesitan de su cuidado, así que les es imprescindible reconocer rostros para sobrevivir.

Para contrastar esa hipótesis, un trío de investigadores, de la Universidad de Londres y de la Universidad de Trento, han investigado si especies que no necesitan cuidado parental cuando nacen, también prefieren formas similares a rostros, y han realizado un curioso experimento con tortugas recién nacidas.

Han descubierto que las tortugas recién nacidas también tienden a orientarse hacia objetos que se asemejan a una cara

En su artículo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, Elisabetta Versace, Silvia Damini y Gionata Stancher describen los experimentos que realizaron con crías de tortuga y lo que aprendieron sobre ellas.

Las tortugas terrestres eran un modelo perfecto para investigar este problema porque se puede experimentar con ellas poco después de la eclosión y son solitarias: las tortugas del género Testudo no requieren cuidado parental después de la eclosión, lo que indica que, durante al menos 30 millones de años, han evolucionado sin el cuidado de los padres, no forman grupos sociales y las crías tienden a ignorar o evitar a sus congéneres mostrando que, desde el comienzo de la vida, no son gregarias.

Si la preferencia por los estímulos en forma de cara evolucionó como un mecanismo de comportamiento para buscar el cuidado de los padres o las interacciones con sus congéneres, las crías de tortuga no deberían mostrar esta preferencia.

Para el experimento, se recolectaron huevos e incubaron en la oscuridad  hasta la eclosión. Al nacer, con la caja iluminada desde el exterior por luz solar, colocaron en cada una de las esquinas de la caja unas elipses en las que había dispuestos de modo distinto tres puntos. En algunas de esas elipses, los puntos estaban colocados formando un triángulo, tal y como a nosotros nos parece un rostro. Y lo llamativo fue que, cuando la tortuga comenzaba a desplazarse, en el 100% de los casos se dirigió hacia el dibujo con forma de rostro.

Este curioso vídeo muestra el experimento.

FUENTE

Esta entrada tiene 0 comentarios

Deje un comentario

Volver arriba