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Fue Stanley Kowalski; Terry Malloy, el ex boxeador de Nido de ratas; Emiliano Zapata; Marco Antonio; Napoleón; Don Corleone; el coronel Kurtz; el padre de Superman; Torquemada y el doctor Moreau. Y al mismo tiempo nunca dejó de ser Marlon Brando. Deslumbró en sus inicios como actor teatral, el mejor exponente del Método. Luego se convirtió en una estrella del cine, la más grande durante un cuarto de siglo. Inasible, inabarcable, con un talento desmedido y conducta desbocada. Es imposible resumir su carrera, pretender conocerlo en pocas palabras. Es como alguna vez dijo sobre él Joshua Logan, su director en la película Sayonara: “Marlon es la persona más excitante que he conocido desde Greta Garbo. Un genio. Pero no sé cómo es. No sé nada acerca de él. Creo que nadie sabe nada sobre él”.

Brando le dio a la actuación una nueva plasticidad. Una profundidad que no conocía hasta ese momento. Su aparición significó un cambio de época. Impuso un estilo. Sus actitudes, sus modos y sus transgresiones también significaron un cambio de época. Un genio desbordado que en sus comienzos exudaba violencia, sexo, peligro. Su talento era tan inmenso que durante décadas pareció que ninguna película le hacía justicia, que todas las realizaciones en las que participaba estaban por debajo de sus posibilidades. Siempre él era más intenso, más grande.

Marlon Brando como Don Vito Corleone en “El Padrino””, película por la que recibió, y rechazó, el Oscar como mejor actor

A continuación, quince escenas, quince momentos de su vida para intentar conocerlo.

1. “La primera vez que lo vi fue mientras hacía el casting para la puesta de Un tranvía llamado deseo. En ese tiempo yo no tenía un peso y vivía en una pequeña casa llena de gente, con las cañerías rotas y apenas una o dos bombitas de luz colgando del techo. Alguien me habló de un chico llamado Brando y me dijo que tenía buena apariencia. Llegó con unos jeans gastados, miró el desastre que había en la casa y se puso a trabajar. Arregló los caños de la cocina, dos aparatos de luz y destapó una rejilla. En una hora todo funcionaba. Luego tomó el texto y empezó a leerlo en voz alta mientras lo actuaba. Fue la lectura más extraordinaria que alguna vez presencié. Algo de otro mundo. Obtuvo el papel de Stanley Kowalski en ese mismo momento”, escribió Tennessee Williams muchos años después sobre cómo el actor consiguió el papel teatral que le cambiaría la vida.

2. En 1955, ganó su primer Oscar. Con Nido de ratas (On the Waterfront) demostró que había llegado para revolucionar la actuación. Serio, comprometido, sensual. Los jeans ajustados, las musculosas, la campera de cuero negra. Una nueva moda ganaba el mundo de la mano del héroe díscolo, inconformista que llevaba la actuación a otros niveles. Una nueva era. La interpretación como un arte. Ganó luego de su cuarta nominación consecutiva. Desde su debut en 1951, había estado nominado en todas las entregas. Un tranvía llamado deseo; Viva Zapata y Julio César. Eran los tiempos en que la ceremonia la conducía, invariablemente, Bob Hope. El premio lo entregó Bette Davis, otra diva. El joven de 30 años llega corriendo al escenario y sube las escaleras a los saltos. Porta una belleza impactante. Todavía la gravedad, la solemnidad y los excesos no se lo devoraron. Se lo ve feliz y auténtico. Se olvida lo que tenía pensado decir, es natural, no hay premeditación. Y con su encanto y magnetismo hace reír al público. Ese joven Brando llegó a la cumbre. Parece destinado a comerse el mundo, si el mundo no se lo devora antes a él.

3. En 1962 estaba al tope de su profesión, la que había reinventado. Acumulaba una rara unanimidad. Público, colegas y crítica coincidían en su superioridad. A esa altura, consagrado, empezó a mostrar su excentricidad. Ese extraño mundo en el que vivía, de privilegios, adulaciones y falta de realidad, lo describe implacablemente Truman Capote en su artículo “El duque en su dominio”. Recibía decenas de propuestas y guiones por mes. Pero en 1961 se debatió entre dos. Lawrence de Arabia, de David Lean, o El motín del Bounty. Ambas serían superproducciones que estaban dispuestas a invertir gran parte de su presupuesto en tener a Brando como actor principal. La pulseada la ganó El motín del Buonty, para alivio de Peter O’Toole, que heredó el papel de Lawrence. La decisión de Brando no se rigió por criterios artísticos. Prefería pasar el tiempo en la costa, cerca del agua y no casi dos años en medio del desierto. Esa película fue el principio del fin para él. Un descenso impensado. El motín del Bounty fue la película de mayor presupuesto de su tiempo y un enorme fracaso. Sumado al desastre de Cleopatra del año siguiente (Liz Taylor volverá a aparecer en esta historia), este par de superproducciones fallidas puso en crisis el star system y la hegemonía de los grandes estudios.

4. Uno de los motivos del fracaso de El motín del Bounty y de que la película excediera en mucho el presupuesto pautado fue la conducta de Brando. Ya por esos años empezó a resultar inmanejable. En el set lo llamaban “Nunca en lunes”, porque al tener día libre los domingos, su estado al día siguiente era tan lamentable que todas las escenas en las que participaba debían ser levantadas. Trevor Howard, uno de los coprotagonistas, era un caballero y conocido por no decir nunca malas palabras ni hablar mal de los compañeros. Pero Brando consiguió sacarlo de quicio: “Nunca trabajé con nadie tan poco profesional y tan ridículo”, le dijo a un periodista inmediatamente antes de lanzar un insulto al aire.

5. Charles Bluhdorn, el director del estudio, fue terminante. “Marlon Brando nunca va a actuar en una película de la Paramount”. Y no aceptó más discusión. La frase la acompañó con un manotazo sobre la mesa. Él insistía en que el papel debía interpretarlo Lawrence Olivier. El director y el guionista se levantaron sin insistir más. Mientras traspasaban la puerta, escucharon un grito más: “Y no quiero volver a escuchar del tema”. Asunto cerrado. Pero Francis Ford Coppola, el director, fue hasta la casa del astro. Ya había pasado el mediodía. La puerta de calle estaba abierta. Tuvo que esperar a que el actor bajara. Recién se despertaba. En un quimono de seda tomó un café tratando de despertarse. Coppola le mintió. Le dijo que necesitaba hacer una prueba de maquillaje y sacó una cámara. Brando, que en ese momento estaba rubio, usó betún de zapatos para su pelo, pañuelos descartables para engordar sus mejillas y sacó esa voz grave y rasposa que identificará por siempre a Don Corleone. Al terminar, Coppola volvió corriendo a ver al director del estudio. Le puso la cinta. El de la Paramount enrojeció de furia al ver que quien aparecía era Brando. En tres segundos pensó varias maneras de despedir al director. Pero al avanzar el video se fue quedando sin palabras. Supo de inmediato que nadie podría ser (hacer) un mejor Don Corleone.

Francis Ford Coppola junto con Marlon Brando y Al Pacino durante la filmación de “El Padrino” en 1972 (Foto: Reuters)

6. El mundo quedó impactado con esa interpretación. Una actuación a lo Brando. O tal vez más grandilocuente que lo que era su costumbre. Algo tribunera pero efectiva. O tal vez haya sido de verdad una actuación a lo Brando, al Brando de los años setenta, excesivo, desigual, estentóreo, pero magnético. Para los premios Oscar de ese año, él era el mayor candidato para llevárselo por segunda vez. Competía contra Laurence Olivier, Michael Caine, Peter O’ Toole y Paul Winfield. Roger Moore, atildado y encantador, y Liv Ullman, etérea y magnífica, anunciaron que el ganador era Marlon Brando, quien ya había anunciado que en su lugar iría a la ceremonia Sacheen Littlefeather, una joven apache, aspirante a actriz y activista por los derechos de los indios norteamericanos. Con trenzas, coloridas vestimentas típicas y decisión, la joven subió al escenario. Roger Moore le estiró la estatuilla, pero la joven, con un gesto enérgico y seco de su mano, la rechazó. Moore levantó las cejas azorado y después de un segundo de duda, la retrajo hacia su espalda con su habitual elegancia. Sacheen dijo que tenía un largo discurso que le entregaría a la prensa para que publicaran al día siguiente, y anunció que Brando rechazaba el premio por el tratamiento discriminatorio que Hollywood dispensaba a los indígenas. En la platea algunos se quejaron con indignación, otros silbaron, pero rápidamente un fuerte aplauso tapó la reprobación.

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